Para comenzar este artículo habría que citar como metáfora a una de las grandes y célebres preguntas sobre el origen de las cosas:

“¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?”

La difícil tarea de teóricos como Walter Lippman o Zygmunt Bauman para explicar los comportamientos sociales en diferentes aspectos de la vida se ve acentuado por los cambios que está sufriendo el mundo de la información. Se habla de una sociedad líquida que es capaz de establecerse ante cualquier recipiente, amoldándose a cualquier circunstancia sin plantearse el por qué lo llega a hacer. Tanto ha sido ese amoldamiento social que probablemente no hemos sido conscientes de que la información, desde su origen, ha sido un arma de doble filo para el pueblo, otorgándole un poder casi imprescindible contra la manipulación de los ejes económicos y políticos del momento. Es, el poder del “demos” y por tanto, la mano derecha de la democracia.

El problema se plantea cuando la información, paradójicamente, ya “carece de ella”. Es decir, promovido por los cambios tecnológicos, la lucha por la inmediatez ha eclipsado a la necesidad de creación de buen periodismo. Dar la noticia a cualquier precio, de cualquier manera. Los hábitos de consumo, también en parte a causa por la llegada de la era digital, han cambiado. Según un estudio realizado por la agencia International Advertising Bureau en 28 mercados europeos, señala que la población occidental pasa cerca de unas 15 horas conectadas a Internet a la semana, afirmando que 9 de cada 10 europeos consultan habitualmente noticias de actualidad en webs de grandes medios ya reconocidos. Eso sobreentiende que existe cada vez más la necesidad de “escribir” para los que consumen a través de la pantalla.

Ahora bien, ¿qué hacer para conseguir la atención de un público cada vez más segmentado, con tanta posibilidad de elección y que está dispuesta al cambio si lo que encuentra no satisface sus necesidades?

Y lo más importante: ¿A qué precio?

Las audiencias carecen de filtro. Todo es consumible aunque nada valga y nada guste. Todo se cata, se olisquea y si no interesa se pasa a la siguiente alternativa. Eso es quizás lo más interesante y lo más peligroso de los tiempos que corren. Lo que está claro es una cosa y es que la saturación informativa necesita de esa diferenciación para atracción de clientes. Y es por ello que no hace falta ser Freud para realizar un sencillo análisis de la audiencia. El entretenimiento es la respuesta a todo ello. La gente necesita jactarse de lo que ve. Si una noticia no le provoca un escalofrío, una carcajada o un ataque de ira, es que la noticia no ha servido de absolutamente nada. Y creo que estaríamos todos de acuerdo en que sería caminar por la cuerda floja del sensacionalismo, pero es una realidad tan evidente como grotesca.

Y planteo la siguiente cuestión, remitiéndome al principio de este post. ¿Hemos sido nosotros, periodistas o grandes medios necesitados de remuneración económica, los que hemos creado la necesidad al consumidor de buscar ese morbo entre las noticias? ¿O quizás ha sido el consumidor el que “nos ha planteado” el morbo por una necesidad congénita al ser humano? En cualquier caso y mientras estudiamos la respuesta, la premisa como modelo de atracción es más que efectiva.

Y si no, miren el ejemplo que les pongo a continuación. El diario Público, visitado hoy sábado 19 de octubre alrededor de las 15:00 horas. Me encuentro leyendo un artículo totalmente indiferente a ustedes y que además no viene al caso. En su columna derecha, como todo diario, una relación de las noticias más viralizadas de los últimos días. Entendemos por viralizadas a un total de comentadas, vistas y compartidas. Y ahora por favor, fíjense en los titulares.

Si ojean los titulares con detenimiento, pueden darse cuenta de que no se trata de las noticias más importantes (a mi juicio) de los últimos días. Pura evasión del consumidor que también, como es obvio, se cansa de ver siempre a Rajoy, Mas, Montoro y otros secuaces políticos dando la nota. Pero aun así, esto sigue siendo digno de estudio. Y díganme que “no”, si se atreven, pero los titulares están creados con la sutileza suficiente como para atraer sin que nos demos cuenta nuestra atención, con palabras que suscitan el interés general y que además generan controversia en nuestros estados de ánimo. Vayamos al grano:

– El “franquismo” como más vista. Palabra clave para una etapa de la que nuestro país no ha sabido ni perdonar ni pedir perdón, donde los hijos de los hijos de los hijos siguen siendo fusilados por los hijos de los hijos de los hijos, esta vez, con palabras. Generaciones nuevas que quizás hoy vayan juntos a la universidad y que recrean en sus difusas mentes, como si lo hubiesen vivido, esa época oscura y sangrienta de la peor de las Españas.

– El “tropezón” como segunda. Esa necesidad española de jactarse de todo lo que le rodea, sobre todo si se trata de un político polémico como Cospedal y con tanta controversia. Sería como ver el ridículo de tu peor enemigo donde la sensación de que cientos de miles de españoles están señalando con el dedo y riéndose a carcajadas de tal personaje público nos satisface mentalmente tanto como el mejor de los orgasmos.

La tercera, la niña “gitana expulsada de Francia” y encima “justificadamente”. Somos tolerantes en la distancia a las etnias no mayoritarias. Esta etnia en cuestión, supuestamente aceptada socialmente en España, es tremendamente maltratada y marginada en países como Rumanía a causa de hachazos históricos que aún provocan heridas en las generaciones posteriores. Haciendo un pequeño inciso intencionado y relacionado, me remito a unas palabras de Iñaki Gabilondo en uno de sus videoblogs que realiza semanalmente en diario El País, este en cuestión en relación con una manifestación convocada recientemente en contra de la pobreza: “Los que vais a manifestaros contra la pobreza. Lo siento amigos, me importáis un pito”. A pesar de la dureza con la que habla en ese video, se trata de una crítica a la mentalidad española más que otra cosa. Somos solidarios mientras no nos quite el tiempo y se nos meta la mano en el bolsillo. No estamos preparados para no serlo. No está socialmente bien visto no ayudar a los pobres aunque no lo hagamos. Porque no es lo mismo no hacerlo, que “no querer hacerlo”. Demagogia para sentirnos bien con nosotros mismos. La niña gitana ha sido devuelta a su país de origen y todo el mundo escribe comentarios de ciber-ánimo, ciber-solidaridad y otras ciber-cosas que nos hacen creer que somos buenas personas. Pero probablemente muchos de ellos sean los primeros que les haría poca gracia compartir habitación con algún gitano por prejuicios e incluso si pueden, cambian de acera para no encontrárselos de frente. Pero hay que estar ahí, apoyando causas que desconocemos o que realmente no defendemos.

La cuarta “keyword”, el “desnudo”. El morbo del morbo. El instinto animal de esperar que al hacer click nos encontremos un culo o un pecho no se contiene en internet. El mayor porcentaje de la gente que haya pinchado en el enlace, al sentirse decepcionado por la fotografía que aparece adjunta en la noticia, ni siquiera se la habrá leído. Incluso me atrevería a decir que no sabe de lo que va. Pero un desnudo en un titular, siempre conmociona. El ya conocido Zeitgeist de Google, que recopila lo más buscado en su portal, siempre hace referencia a algún contenido sexual, bien sea un seno, un gluteo o simplemente el binario “X personaje de buen ver + el adjetivo ‘desnudo'”.

Y por último, la quinta noticia. Aquí confluyen palabras que continúan un culebrón cada vez más parecido al de una serie de culto como Boardwalk Empire o “The Wire”: “Dinero Negro” y “Bárcenas”. En el fondo, nuestro instinto animal y sadomasoquista tan analizado y comentado por el psicoanálisis nos crea una adicción a ver cómo nos apalean en la manera más figurada posible. Ha llegado un punto en el que nos excita saber cómo Barcenas y sus secuaces nos roban. Y digo nos encanta, porque cuando salimos de casa y nos cobran de menos, volvemos a casa callando como putas a sabiendas de que un negocio que nos ha brindado el mejor de los servicios ha perdido dinero por el despiste de un camarero novato y porque nuestra “falsa modestia” nos aplaude por haberlo hecho. Da igual como cambian las leyes o que roben al vecino si al final lo único que nos importa es lo que nos perjudica a nosotros individualmente.

Uno empieza a plantearse si la culpable del espectáculo es que las cosas se hagan mal. Es bastante probable que el día que las cosas comiencen a hacerse bien el mundo periodístico muera. Nadie habla de personas que donan dinero. Ni de los avances de la ciencia en enfermedades que se llevan cientos de millones de personas cada día. No nos interesa lo no comentable, criticable y cuestionable.
Porque al final, somos adictos a las crisis y caemos en ellas porque cometemos grandes errores.

Pero seamos sinceros, lectores avispados y susceptibles, que responden a las emociones que despiertan titulares como los analizados anteriormente. Nuestra meta en la vida, a pesar de nuestras quejas, no es no caernos. No. Es, que cuando la caída ha sido catastrófica invertimos nuestro tiempo no precisamente en no caer, si no en cómo curar nuestras heridas. De esta manera, la próxima vez que caigamos en el error, tardaremos menos tiempo en curarla y por tanto, tendremos más tiempo para seguir cayendo en los pozos cada vez más hondos.

Amigos. Políticos o no. Periodistas o no. La culpa aunque no nos guste, la tenemos todos.

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