Entre los aplausos de la gente por el concierto terminado y las luces de repente apagadas, aquella chica desapareció, dejando en la mano de Harris una nota. Cuando las luces volvieron, ella estaba saliendo por la puerta de aquel restaurante con su abrigo en la mano y mirando de reojo al periodista con una pícara sonrisa. Harris miro la nota de su mano y decía “Suite Luxury Hollywood”. Él se levantó y alcanzó su abrigo y se dirigió a la puerta. Al salir ella ya se había marchado así que cogió el primer taxi que tenía a mano y se dirigió a aquel lugar.

Cuando llegó se encontró un gran hotel, probablemente de los más lujosos de aquella parte del Estado. Al entrar los recepcionistas tenían la sensación de conocerle pues no le quitaban el ojo de encima. No formularon palabra alguna pero él no lo necesitaba, quería subir a aquella suite. En el ascensor le entraron los nervios, como era lógico, de tan esperado encuentro en tal lujoso lugar. No paraba de pensar en ella. Ansiaba morder aquellos ojos, entrar dentro de ellos y pintarlos. Pintarlos de rojo y no de un rojo cualquiera, sino del rojo más brillante y lujurioso jamás visto en una paleta de color. Quería desvestir sus sentidos, desabrochar la cremallera que cerraba su corazón en una coraza de cristal. Quería vivir sus historias, vivir dentro de ellas. Quería disfrutar del sudor provocado por la magia de las casualidades y los encuentros fortuitos, dejar caer el agua sobre sus pies y beber de ellos. Quería, al fin y al cabo, conocer el placer oculto tras sus párpados.

Llegó a la puerta de aquella suite y llamó varias veces. “No te escondas, sabías que iba a venir”, le dijo pegando su cabeza a la puerta para que dentro se escuchará lo suficientemente bien. Después de varios intentos desesperados y ya harto de no obtener respuesta llamó de nuevo al ascensor para volver a casa. De pronto, sonaron pasos de tacones dentro de aquella habitación y se escuchó el abrir de un cerrojo. Con la puerta entreabierta una voz suave susurró “Claro que sabía que ibas a venir, te estaba esperando”. Harris se dispuso a entrar y lo hizo. Se encontró un silencio incómodo y eterno y la ausencia de cualquier luz que le permitirá ver algo. Quiso mirar atrás para ver si aquella mujer le estaba preparando una sorpresa o algo por el estilo. Se dio la vuelta y de pronto se cerró la puerta de un portazo, se encendieron todas las luces y… Harris fue disparado por su espalda.

Cayó al suelo tras el disparo en el costado y entró en un estado de coma, pero aún seguía vivo. En ese estado, como de somnolencia, tuvo un sueño muy extraño:

“De repente el cielo se enturbió. Grisáceo, oscuro y tormentoso. Empezaron a moverse las aguas y su barco a tambalearse. Preguntó a un mar azul que había sido transparente que qué estaba pasando: “¿Merece la pena seguir navegando por estas aguas?” No supo contestarle. Quiso navegar pensando en un septiembre aún lejano, aguantando las velas con remaches y remiendos que creía suficientes. La tormenta cada vez fue mayor y acabó rompiendo sus velas, destrozando su barco. Se hundió y con él una orquesta con el mismo nombre que el mar. Cayó al agua inconsciente y al despertar se encontró en un desierto de arena al que el mar le había arrastrado. No quedaba nada del mar ni del barco. A su lado una botella con un mensaje dentro: “Cada uno tiene lo que cree merecer”. Entendió entonces que había estado navegando no en el Mar Azul, profundo, brillante, diferente y aún por descubrir, en el que se podía navegar sin miedo, sino en un mar llamado Mar de Dudas.”

Cuando Harris abrió los ojos como pudo se encontró envuelto en un charco de sangre. Al fondo de aquella suite un hombre desconocido con una pistola en la mano seguía apuntándolo. La chica, inerte, se refugió en el pecho de aquel hombre al que nadie le puso cara y no quiso mirar al periodista desangrándose.
–Todo ha sido una gran mentira— dijo Harris con los ojos entreabiertos y mirando al infinito. Ella, giró un poco la cabeza, le miró y le dijo “Vaya, qué mala suerte, me has pillado”.

Harris comprendió que el pecado de todo periodista era conocer la verdad a cualquier precio. Y el precio, a veces, había que pagarse con la mismísima muerte. Había dejado claro desde el principio que odiaba las mentiras y las verdades a medias. Moriría con la conciencia tranquila de saber que había luchado por su periódico a pesar del poco tiempo que llevaba en el mercado, pues era incapaz de no ponerle pasión a las cosas en las que creía y él creyó en su diario y creyó en ella. A pesar de todo sonrió porque lo tuvo claro hasta el final: Ahora que volvería a nacer volvería a ser periodista, con otro diario, con otras verdades y otras mentiras, con otras citas con mujeres y por tanto, con otras historias que contar.

Aquel hombre guardó su pistola y desapareció escaleras abajo. Ella, se quedó mirando el cuerpo del periodista. Se quiso acercar a él pero ya era demasiado tarde.

—Harris, yo te quie…— dijo mientras intentaba sostener su cuerpo casi inerte, pero fue interrumpido por el periodista, que levantó la cabeza y miró fijamente a aquella joven de ojos azules y recordó aquellas palabras que sonaron durante su sueño: “Cada uno obtiene en su vida lo que cree merecer y no lo que realmente merece”.

Tendió su cabeza y cerró los ojos con la sonrisa de saber que moría con la conciencia tranquila.

Harris murió.

A su entierro fueron multitud de allegados, grandes amigos, mejores personas. Nunca nadie llegó a entender las circunstancias de su asesinato pero nadie lloró su muerte. Al contrario. Los periodistas que le vieron crecer dejaron el cuerpo sin vida y se reunieron en un bar sin nombre, donde quedaban para escribir titulares delicados que cambiarían el curso de la historia. Allí, desempolvaron una botella aún sin abrir y brindaron recitando unos versos que décadas más tarde alguien escribiría: “Brindemos por la pasión y su fracaso y decepción, quizás algún día podamos escoger nuestras derrotas. Por Harris”.

FIN

Gonkasevilla Blog