¿Quién soy yo después de estos cuatro años? No lo sé -me respondo a mí mismo- pero quizás otro.

Existe un punto de inflexión en la vida del estudiante, ese en el que escucha su nombre en voz alta y comienzan los aplausos, viaja en apenas diez pasos hacia unas escaleras donde le espera un diploma y una banda bordeada de una insignia. Ahí, mira hacia atrás y ve las caras de familiares y amigos que sonríen y lloran con cierto orgullo por lo que esto supone. Al volver a sentarse sabe que ya no hay vuelta a atrás y que acaba de poner punto y final a una de las etapas más emocionantes de su vida.

En estos momentos tengo casi el cuarto de siglo y a punto de conseguir dos carreras a mis espaldas. Mi hermano pequeño acaba de iniciarse en esto de la universidad y ha sido entonces cuando me he dado cuenta de que no había hablado sustancialmente de mi paso por ella. Cuando digo “nunca”, digo “nunca desde fuera”, desde el ojo de aquel que ya ha terminado. Mi pequeño hermano tiene 19 septiembres y el privilegio de aún no tener elegidos qué sueños cumplir. Recuerdo que en su primer día, camino en coche a la universidad, le rebosaban los nervios. Iba con él y conversaba cual hermano mayor sobre mi grata experiencia. Lo miraba con recelo, con un sentimiento de envidia extraño. Añoraba ese momento de incertidumbre, de encontrarme sobre un terreno vacío donde podría construir aquello que se me antojase en lo personal y profesional. El auténtico placer de la novedad y de poder convertirme en quien quería llegar a ser. Hace casi un lustro que pasé por ello y aún se erizan mis pulmones provocando un suspiro. ¿Quién no volvería a aquel momento? Imberbe, sabiendo aún menos de la vida de lo que hoy sé.

A día de hoy llevo siempre, por si acaso, una mochila cargada de buenos momentos. La transporto en mi coche, enseñándoselo a quienes viajan conmigo en el ácido recorrido de la vida. En ella porto de todo: Una matera bonaerense, un jersey de alpaca boliviano, un billete hacia Piccadilly Circus, un corazón roto y otro rebosante y montón de fotografías en movimiento cuyos protagonistas del encuadre son personas que estuvieron y que están. Todos esos objetos, caóticos en compartimentos indiscriminados, van dando sentido a una larga historia que aún me guardo en silencio.

 

Nos hemos convertido tras cuatro años de carrera en seres que piensan y moldean la realidad bajo el esperpento cortinaje de lo que ven nuestros ojos. Hemos aprendido a ser más allá de nuestros límites. Hemos creado una burbuja envidiable tras la mirada de la gente y sobre todo, hemos aprendido que nuestras metas son inalcanzables por la propia decisión de quien las crea.

 

Un hombre muy sabio me dijo una vez que la universidad era todo y con el paso de los años entiendo que es aún más si cabe. Me sobra Ginebra y cebada en la sangre y me faltan horas de sueño. Me faltan cigarros pegados sobre paredes que han visto el placer nocturno y esporádico. Me faltan viajes y céntimos para pedir la siguiente. Me sobran los sueños por haberlos ya cumplido.

De nuevo, pequeño hermano, te envidio. Y te envidio con mayúsculas y signos de exclamación por doquier. Empieza el verdadero camino hacia “quién sabe dónde” y la excitación que supone eso. Así que aprende. Sobre todo aprende, porque la universidad no son los libros ni éstos la vida. La universidad es la pluma y tú un libro en blanco. Y sí. Eso sí que es la vida. La universidad es la vida.

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