Sé que aún no eres consciente de la importancia que supone estar leyendo estas líneas. ¿Por qué? Veamos. Leonor Watling es un punto simbólico de un pico de madurez -llamémosle- cultural. Se trata de una actriz poco convencional. Un “a medio camino” entre el arte de bailar, el de cantar y el de actuar. Una de esas actrices fetiches que ahondan en algún punto del subconsciente y que te estremece al verla en algún spot, cameo o concierto.

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La importancia de amarla reside en tenerla en la mente a ella y no a otra. Su valor se encuentra en la invisibilidad con la que realiza cualquier actividad cultural.

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Se encuentra eclipsada por otras actrices del panorama que ahora mismo brillan, a veces, por su carácter comercial y su presencia en series que poco aportan: Blanca Suarez, Elena Anaya, Paula Echevarría, por poner algunos ejemplos aleatorios son el tipo al que me refiero. Pero nadie piensa en Watling cuando te preguntan por actrices españolas. Siempre he pensado que la razón de que esto ocurra es, en base, a que nos hemos acostumbrado a la cultura light, esa a la que Vargas Llosa en La civilización del espectáculo define en cierto modo como el “saber lo suficiente de algo como para poder entrar en las conversaciones”. Ahora todas quieren ser actrices para ser Inma Cuesta o Clara Lago por la sencilla razón de fingir una escena de sexo con Hugo Silva o Mario Casas. Pero nadie repara en querer ser Watling para poder ser la musa de Jorge Drexler y que éste le dedique canciones de manera desinteresada.

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Como decía al principio, Leonor es simbólica. Es el epicentro de la reflexión con la que reabro mi blog después de meses. Y lo hago con un suspiro de protesta por existir cada vez menos referentes culturales que escapen de lo Gandia Shore, Gran Hermano y HMYV.

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Pensar ya no está de moda, como sí lo está mofarse de aquellos que tienen la osadía de decir que el triunfo de la serie ‘El Príncipe’ es el maquillaje de gala a un público seguidor de Gran Hermano y MHYV, algo que, sin tender a generalizar, es una afirmación cuanto menos correctamente orientativa. (A estos programas a les tengo reservado grandes dosis de tinta en la trastienda de este blog).

Se nos escapan los referentes, esos que surgen en conversaciones de cervezas donde al hablar de Bigas Luna la banalidad se atraganta en las gargantas de los comensales. No he oído hablar de Watling en ninguna de ellas tratándose de una mujer que desde la invisibilidad resulta muy interesante. Ni siquiera Flickr tenía un banco de imágenes amplio como para poder encontrar una foto acorde para ilustrar esta entrada. De ahí reside la importancia de poder amar a una musa que represente algún valor diferente al que vemos en lo puramente mediático.

Y por si acaso te has quedado con la duda: la importancia de llegar a las últimas líneas de esta entrada ya te hace sentirte diferente al resto.

No dudes en volver sin avisar, nos encontraremos entre líneas.