26 años.

Podría llenarme de alegría el cumplirlos pero en el fondo siento miedo. Ese miedo al futuro y a la incertidumbre. Ese miedo que me ha absorbido en el momento de hacer el discurso. Me encontraba en el éxtasis de haber recibido el utópico y mayúsculo regalo con el que soñaba hace meses. Años. Y al mismo tiempo con el recuerdo de las devastadoras palabras que pronuncié el año pasado en ese mismo momento, las cuales acabaron siendo devastadoras para los que me rodeaban e incluso para mí mismo.

No he sabido qué decir, pero en el fondo sólo puedo decir gracias. Pero sé que no era suficiente.

Bien es sabido que soy un hombre de palabra y de palabras, en plural, pero de palabras escritas. A pesar de que mi eco me acongoja, llevo demasiados meses sin hablar con el papel, hasta hoy. Y de nuevo, solo puedo decir gracias.

Gracias por haber salido a hombros en este último año, porque me reconfirma la idea de que un padre es todo un héroe y que no todos los héroes llevan capa. Gracias.

Gracias por haberme tendido la mano en un año no precisamente fácil, donde las escalas de grises me han llevado a poder tomar de nuevo las riendas de mi propio destino. Gracias.

Gracias por tanto y por todo. Por lo bueno y por lo no tan bueno. Por las vivencias, por la experiencia, por regalarme mi presente y gran parte de mi futuro. Gracias por hacerme entender de qué trata la vida y hacerme mejor persona.

Gracias por ser ese gigante pilar al que agarrarme cuando el mundo y mi cabeza arden.

Gracias porque detrás de un gran regalo siempre habrá una gran persona.

Brindemos por el pasado y su memoria. Brindemos porque mañana seamos nosotros quienes podamos escoger nuestras derrotas.

Gracias, papi, gracias.